miércoles, 2 de septiembre de 2015

¿Quién es el verdadero monstruo?


¿Qué es lo que diferencia al hombre del monstruo? Esta clase de pregunta es la que surge después de leer y releer la obra más nombrada y famosa de Mary Shelley, Frankenstein, la cual no deja a un lector decepcionado, sino con ansias de indagar más acerca de los seres sobrenaturales, el miedo, e incluso la idea sobre la existencia.


 Desde antes de la creación de la novela, Mary Shelley, sabía que de hacer una obra, ésta debía estar enmarcada con el carácter de lo monstruoso, de lo que causara miedo a su lector, de la misma manera en que estas figuraciones aparecieron en su mente y en sus sueños, causándole a ella un pánico terrible. Ella conocía desde el inicio lo que debía llevar la sustancia de su obra. Por lo tanto, para el estudio de la misma, debemos enfocarnos en las mismas palabras de su autora, sacadas de su prólogo, obteniendo así una idea de lo que quizá ella consideraba como un tema monstruo. Con esto, podemos enfocarnos en lo siguiente:

Quería algo que evocase los temores misteriosos de nuestra naturaleza, y que suscitase horrores inquietantes, de modo que el lector temiese mirar alrededor, se le erizase la piel y acelerasen los latidos del corazón.” (Shelley, 2007, p 16).



Al comenzar la novela tenemos como centro el deseo de nuestro protagonista, Frankenstein, por crear vida, a partir de restos de materia muerta. Este personaje no solo hace uso de las ciencias y sus fórmulas, sino que pretende tener tanto conocimiento como para dar vida a lo que ha dejado de tenerla. Él coloca por encima de las leyes naturales los avances y conocimientos científicos, creyendo que se pueden alcanzar grandes cosas. En el mismo instante que da vida a otro, quizá esté colocándose en una posición de superioridad, al nivel de un poderoso, casi como el de un dios. Sin embargo Frankenstein, se muestra no como el padre, sino como el “creador” de un ser deforme, feo y grotesco.

“¿Cómo podría describir mis emociones ante aquel desgraciado resultado? ¿Cómo presentar la obra a la que había dado forma con tantos sacrificios? Sus miembros eran proporcionados y yo había elegido sus facciones para que fuesen hermosas. ¿Hermosas? ¡Dios santo! Su piel amarillenta apenas cubría la red de músculos y arterias, su cabello era lustroso, negro y ondulado, sus dientes de una blancura de marfil. Pero todas estas cualidades no hacían más que aumentar el contraste con sus ojos clarísimos, casi incoloros, su tez arrugada y sus labios estrechos y oscuros.” (Shelley, 2007, p 62).

             Tenemos en principio a dos personajes, uno es el hombre, Víctor, que tras sobreponerse a las leyes de la naturaleza, fue capaz de crear un ser desgraciado. Por otro lado, tenemos al ser creado, deforme y feo, que está condenado a la infelicidad desde el mismo día que abrió los ojos. Por su apariencia física ni la sensibilidad que hay dentro de él podrá salvarlo. 

Debemos considerar, como basamento primordial, diversas nociones que se han manejado con respecto al tema del monstruo. Uno de los principales conceptos sobre este asunto, y que nos parece sumamente importante para reflexionar, es el desarrollado por Michael Foucault en la obra titulada Los anormales, allí nos muestra a diversos individuos que sobresalen dentro de la sociedad (por sus conductas un tanto inconcebibles), y entre los más resaltantes nombra al hombre que es un monstruo, desde la perspectiva moral, de él indica lo siguiente:

“[…] porque lo que define al monstruo es el hecho de que, en su existencia misma y su forma, no sólo es violación de las leyes de la sociedad, sino también de las leyes de la naturaleza. Es, en un doble registro, infracción a las leyes en su misma existencia. El campo de aparición del monstruo, por lo tanto, es un dominio al que puede calificarse de jurídico biológico. Por otra parte el monstruo aparece en este espacio como un fenómeno a la vez externo y extremadamente raro […] Digamos que el monstruo es lo que combina lo imposible y lo prohibido. (Foucault, 200,p 61).

            Tomando en gran consideración el texto citado podemos puntualizar que existe entonces un hombre que posee dentro de sí las características de un monstruo. Este individuo al transgredir los límites de la naturaleza está convirtiéndose en un ser anormal, en un ser extremo, en alguien raro, que movido por sus acciones se aleja o es alejado de la sociedad. Podemos considerar entonces a Víctor Frankenstein como el personaje que fue capaz de hacer posible lo imposible, y de llevar hasta grandes alturas lo considerado prohibido, por la sociedad, y por nosotros los lectores de su historia. 

Para entender la imagen de la criatura, del ser creador por el doctor Frankenstein, queremos tomar en consideración la noción que sobre el monstruo trabajó Umberto Eco en la obra Historia de la fealdad. Allí se nos comunica que, durante la época renacentista, los seres considerados monstruosos cumplen con una función amable, y todo eso a causa, precisamente, de la imagen de fealdad            que poseen. Agregando más adelante sobre el mismo tema, lo siguiente:
“[…] la búsqueda de lo interesante y de lo individual, o de lo grotesco, conduce también a imaginar la deformidad que arrastra a un destino trágico a quién, aun teniendo un alma bondadosa, es condenada por su propio cuerpo. Tal vez el primer «feo infeliz» del romanticismo es el monstruo protagonista del Frankenstein de Mary Shelley (1818)…”. (Eco, 2007, p 293).

            Sobre esto, el mismo monstruo (o lo considerado así) hablará en algún momento, manifestando a su creador que él, al igual que cualquier otro ser es capaz de sentir y de amar, pero que está marcado por una desgracia, como un castigo que él no ha merecido desde el inicio. Siendo así sentenciado, no solo por su creador, no espera menos de toda la sociedad. Dice la criatura:
“¿Nada hay que pueda hacerte mirar con favor tu obra, que te imploraba bondad y compasión? Créeme, Frankenstein: era bueno, mi alma rebosaba de amor y humanidad. Pero ¿no ves que estoy solo, miserablemente solo? Si tú, mi creador, me aborreces, ¿qué puedo esperar de tus semejantes, que no me deben nada? […] Sé que si conociesen mi existencia, las multitudes humanas harían como tú y se armarían para destruirme. ¿No he de odiar, pues, a quienes me aborrecen? No tendré contemplaciones con mis enemigos, soy desgraciado y ellos han de compartir mi desgracia. Está en tu mano, por lo tanto, el recompensarme y librarlos de un mal que tú puedes evitar que llegue a aplastar en su cólera, no solo a tu familia, sino también a miles de otras personas.” (Shelley, 2007, p 103)

            A partir de esto se suceden una serie de acciones realizadas por la criatura, llegando a matar, como lo dijo, al amigo, al hermano; e incluso llega a invadir la privacidad de la esposa de Frankenstein, Elizabeth, demostrándonos que lo monstruoso tiene un carácter penetrante, que llegar a invadir los ambientes más privados e íntimos de las personas. Trayéndole al lector, lo que la misma autora se proponía desde el inicio, incertidumbre, miedo, confusión por los hechos relatados. Incrustándose en nuestra mente, las sensaciones de angustias que viven los personajes. La historia nos revela no solo lo inhumano que se vuelve la criatura, sino lo enfermo, casi al borde de la locura, a la que llega nuestro personaje, Víctor, cuestionándose a sí mismo por sus actos, los cuales fueron impulsados por su prepotencia, por considerarse superior, capaz de acciones ilimitadas.


Entonces ¿A quién podemos considerar como el monstruo dentro de la obra de Mary Shelley? Nos parece preciso concretar, en principio, que la obra está impulsada por la vida del doctor y su creación, que ambos están marcados por el miedo, la confusión y la incertidumbre. En principio vemos que Víctor, al imponerse acciones tan extremas, rompiendo con las leyes que posee la naturaleza, está convirtiéndose en un ser extraño, y sí, en cierto sentido él posee los caracteres de un monstruo, como lo precisaba Foucault con sus palabras.  Pero no es el único caso monstruo en la novela, ya que, en principio, y por los propios deseos de su autora, observamos que el personaje que puede causar más pavor es la criatura, al que hasta se le ha llegado a otorgar el nombre de Frankenstein, es él un ser con características físicas deformes, alejado de lo humano, en pocas palabras, él es un ser que produce repugnancia a la vista, capaz de realizar aberrantes acciones, como matar a un niño, a una mujer, y otros seres allegados a su creador, con el fin de hacer sufrir a este; por otro lado esta criatura, parece mostrarse con un alma generosa, pero no será suficiente para vivir de manera feliz (como enfatizó Eco) en una sociedad en donde se mira más lo exterior, y es totalmente apartado lo que pretende ser visto como humano, y considerado como uno de ellos, por el hecho de ser diferente, raro. 

            Con esto concretamos que Frankenstein es una novela monstruo, porque observamos, sí, el miedo, el pánico que inspira una criatura fea, que trasgrede la línea que separa a la muerte de la vida; pero además de eso, vemos los límites que el hombre llega considerar que no tiene, quebrantados,  trasgrediendo leyes, y eso causa incertidumbre, y un cuestionamiento acerca de las barreras que separan al hombre de lo extraño. Podemos decir entonces (respondiendo a nuestra pregunta del inicio) que el hombre no tiene diferencias con el monstruo, si de alguna manera él termina comportándose por encima del orden  natural y social, como lo harían las criaturas sobrenaturales. Él termina también creando pánico a los demás o, en este caso, a los lectores, que observan que si el hombre quiere tomar el origen y la creación de las cosas en sus manos terminará creando bestias horribles, monstruos, que no puedan tener otra posición en la sociedad que no sea la de la exclusión, siendo abandonados, seres solitarios y temidos.





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